Mostrando entradas con la etiqueta Relato común. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato común. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2009

Muerte de un relato común

(He decidido terminar el relato común. La participación ha ido escaseando cada vez más hasta quedar el asunto totalmente congelado, supongo que debido a vacaciones u ocupaciones varias de los participantes. Y de paso, recupero el blog, que está bastante abandonado. Espero hacer honor a vuestro esfuerzo con este final. ¡Gracias a todos los que habéis participado!)

(Novena parte aquí)

Al salir, Gabriel se retiró ligeramente para dejar entrar a alguien en quien no se fijó demasiado, sumido como estaba en sus extraños pensamientos. No fue así con la mayoría de los clientes del bar, que se giraron de inmediatopara observar la nueva figura. Llevaba un traje blanco perfectamente planchado, con un sombrero del mismo color, y una pajarita negra en el cuello de una camisa de seda, también blanca. Además, lucía unos exquisitos zapatos de cocodrilo y un maletín negro de cuero. El silencio se adueñó del local, roto únicamente por un par de conversaciones de quienes no conocían al recién llegado.

El caballero de blanco se dirigió directamente a la barra, con la mirada oculta tras su sombrero. Ninguno de los que dirigieron su atención hacia él se sorprendió de su manera de andar, ya la habían visto antes; sin embargo, el efecto era el de siempre. Parecía como si fuese el resto del mundo el que se movía, mientras él se mantenía ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor.

- Buenas tardes, Miguel – dijo suavemente dirigiéndose al anciano tras la barra, esgrimiendo una sonrisa. Aquella era, con seguridad, la voz más perfecta que había existido nunca

- Luz…Luzbel.- dijo sin conseguir evitar una pequeña inflexión en su tono. – No eres bienvenido.

El caballero de blanco dejó que su sonrisa creciese ligeramente, mientras se retiraba con delicadeza el sombrero mostrando unos ojos de un azul intenso, de esos que ocultan algo pero nunca se alcanza a saber qué. Su pelo bien rasurado y sus facciones suaves contribuían a darle un aspecto andrógino y hermoso. Nadie le habría echado más de veinte años. Despacio, dejó el maletín en el suelo y se sentó en un taburete. Sacó un cigarrillo y lo encendió despacio, observando la llama como quien ve el fuego por primera vez.

- Para variar. Ponme lo mismo de la última vez.

- Eso fue hace seiscientos veinticuatro años, Luzbel.

- Y tres meses y quince días. Pero seguro que recuerdas lo que pedí.

- Por supuesto.

Miguel se retiró un momento, agarrando un vaso ancho por el camino y perdiéndose en la oscuridad del pequeño cuarto donde guardaban las bebidas.

El desconcierto de todos era evidente. Las miradas iban y venían, curiosas, y eran retiradas rápidamente cuando el observado hacía el más mínimo amago de movimiento.

- Tú.

Luzbel se giró despacio.

- Vaya, Raphael. Cuánto tiempo.

Ante él, el camarero se erguía como una estatua, con una majestuosidad que habría impresionado a cualquiera. Menos al mismo diablo, por supuesto.

- Tú…maldito hijo de…

- ¿Dios?- el sutil atisbo de ironía fue acompañado con una sonrisa.

- Serás…

- Cuidado, chico. No quieres que me enfade. – en un momento y sin ningún cambio aparente, el azul de los ojos de Luzbel brillaba con una fuerza descomunal, eterna.

- Raphael – llamó Miguel detrás de la barra.- Ya es suficiente.

El camarero se giró y volvió a sus quehaceres, temblando imperceptiblemente de odio y miedo.

- Aquí tienes – dijo Miguel, extendiéndole el vaso que había recogido relleno de un líquido de un púrpura bastante curioso. Luzbel se llevó el vaso a la boca, tragó con suavidad, y emitió un sonido de placer.

- Hacía tanto que no probaba el néctar de maná…

- ¿Qué ocurre? ¿En tus tierras no tenéis de esto? – el arcángel sonrió, tratando de devolverle la ironía a su cliente.

- En mi tierra están todos trabajando, Miguel.

El silencio se adueñó de la situación por unos instantes.

- ¿A qué has venido?

- Podría decirse que a despedirme.- dijo Luzbel. Con calma, volvió a beber despacio, tratando de obtener el máximo placer de cada trago. – Imagino que vuestro “jefe” os contaría como funciona el juego hace tiempo. O eso espero.

- Sí. Conozco las reglas. No interferir, y esas cosas…

- Bueno, pues tú y tus amigos conocéis las reglas, pero hoy, a excepción de un servidor, esas reglas no las respeta ni Dios, valga la redundancia. Así que he decidido cambiarlas.

La expresión de Miguel dejaba entrever una pequeñísima turbación, como aquel que habla con alguien de quien sabe seguro que no puede fiarse.

- No sé que te propones, pero he de recordarte que ya te derroté una vez, y volveré a hacerlo si es necesario.

- Mucho me temo, mi querido amigo, que esta vez no va a ser posible. – agarró el vaso, y apuró lo poco que quedaba en él. – Ha sido un verdadero placer, Miguel. Cuídate, allí donde quiera que vaya a mandarte.

Volvió a incorporarse, guiñó un ojo al anciano, y dejó sobre la mesa un billete de quinientos euros.

- Invita la casa – se apresuró a decir Miguel.

- Ni hablar. Por nada de mundo dejaría que me invitase la Casa del Señor. Quédate con el cambio. Adiós.

Y tras apagar la colilla en uno de los ceniceros de cristal, se dio la vuelta y salió del local.

En cuanto hubo salido, un murmullo llenó el vacío que todos habían sentido durante su presencia. Empezaron de nuevo las conversaciones, esta vez todas sobre el mismo tema y llenas de preguntas y tonos nerviosos. Raphael aprovechó para reunirse con Miguel.

- Esa maldita serpiente… ¿qué quería?

- Por lo visto…despedirse… - Miguel contestó pensativo, sin entender del todo lo que acababa de pasar.

- Pues se ha dejado el maletín – apuntó Raphael, recogiéndolo del suelo. – Y bien…- de nuevo el tono burlón apreció en su boca, ahora que podía volver a relajarse.- ¿qué crees que llevará el diablo en el maletín?

Miguel tardó un segundo en reaccionar, así que no pudo impedir que el otro arcángel sacase el contenido. Cayeron dos libros sobre la mesa, encuadernados en tapa negra también de cuero: El Anticristo, por Friedrich Nietzsche, y La Evolución de las Especies, de Charles Darwin.

- Dios mío…- alcanzó a musitar Miguel.

La explosión no hizo ningún ruido. Simplemente, un extraño fogonazo inundó el bar, dejándolo vacío a excepción de un par de humanos, que salieron corriendo de allí sin entender absolutamente nada. Nadie reparó en la nota que había caído al suelo “Se acabaron las trampas”. En tan sólo tres meses, aquel local se transformó en un Starbucks.

miércoles, 24 de junio de 2009

Relato común IX

(Octava parte aquí)

Escuchando a una pareja de jóvenes sentada al fondo del local y cuya risa iluminaba la atmósfera pasando por encima del ruido, me sumergí en mis pensamientos. Poco te importa el resto del mundo cuando descubres que vas a morir. Hoy me sorprendo a mí mismo sonriendo, a seis días de la tumba, sentado en la barra de una cafetería de poca monta y llenando mi alma de sorbos a un vaso de tubo empañado y medio vacío. En instantes como este, no obstante, la mente se ve repleta de reflexiones complejas e incoherentes sobre el verdadero sentido de la vida.

En el mundo en que vivimos, todos estamos numerados. El sistema te induce a formar parte de un colectivo de personas sin iniciativa, copias unas de otras. Hombres y mujeres dispersos que conversan en pequeños grupos, sin prisa por vivir, parapetados bajo la sombra de arces nudosos y que no parecen advertir tu presencia. Se te invita cortésmente a entrar en este rebaño de rostros idénticos a través de una educación mecánica, basada en conflictos bélicos y acontecimientos del pasado, y no proyectada hacia un futuro incierto y lleno de sorpresas; por lo que aprendemos a recordar lo que fuimos, y no a imaginar lo que podemos llegar a ser.

Siendo esto así, ¿para qué luchar por cumplir nuestros sueños? ¿Por qué no trabajar por vivir del fantasma del miedo a lo desconocido, el tedio y la monotonía…?

En este laberinto de días y experiencias, puedes optar por seguir el camino recto y lleno de baches que siguen todos esos clones en manada, o decidir, como decidí yo hace años, introducirte en la oscura y salvaje profundidad de un lago sin fondo, de manos de una mujer a la que llamas Confianza y apellidas Honestidad y Lealtad en uno mismo. La mujer sin la que no podrías vivir; la que contigo “verá el mundo”; la que te empujó con valentía al fondo de las tinieblas y te acompañó hasta el final, inducida por aquel Siempre-Niño que se niega a dejar de perseguir sus sueños y que llevarás dentro de ti durante el resto de tus días.

La incertidumbre que se siente al tomar la decisión correcta, al principio resulta asfixiante. Nadando sin rumbo fijo entre esa maraña verdosa de algas y tratando de aferrarte a una Confianza que de cada vez se aleja más de tus brazos, el arrepentimiento aparece cuando crees contemplar un pequeño rayo de luz a lo lejos que no sabes si llegarás a alcanzar antes de desfallecer. Una luz en la oscuridad. Una canción en medio del silencio. Nacer sin antes haber existido. Ser herido incontables veces pero no morir nunca. Lograr alcanzar tus propósitos es cuestión de esfuerzo y si eso pasa, las leyes del espacio y el tiempo dejan de formar parte de tu esquema vital. Como si volvieras a nacer.



Como si despertara de una pesadilla, volví de lo más profundo de mi ser. Me descubrí observando una de las mesas del fondo, aferradas al ventanal, y ocupada por una pareja de jóvenes adolescentes. No pude evitar recordarme a mí mismo en los ojos de aquel chico de pelo castaño y gabardina. Su pareja, una joven de aparentemente su misma edad, parecía feliz y sonriente mientras conversaban. En uno de esos juegos mentales sin sentido que todos tenemos pero de los que nunca le hablamos a los demás, bauticé al chaval con mi nombre… y a la chica la llamé Amina. Un nombre que siempre me llamó la atención, ya que precisamente significa confianza, honestidad y lealtad.


Sonriendo, me encaré a un viejo camarero que justo en frente de mí, desde el lado interior de la barra, se hacía servir de un paño blanco para secar los vasos y tazas goteantes que había en el fregadero. Era un hombre mayor, pero no fui capaz de precisar su edad. Tenía ya ciertas arrugas alrededor de sus ojos, los mismos que, sin embargo, parecían condensar la sabiduría de toda una eternidad, y aun así tenían ese brillo característico de la mirada de los jóvenes, llena de ideales y fuerza. Parecía ensimismado y a la expectativa de lo que pasaba en una de las mesas del fondo, aferradas al ventanal, y ocupada por mi ya fantasiosamente bautizada pareja de tortolitos.


En ese instante, un empleado algo más joven y de un marcado acento alemán al que oí que llamaban Raphael, se acercó a mi izquierda y, dejando sobre la barra una bandeja que contenía varios vasos vacíos y una tetera humeante, empezó a conversar con el viejo encargado en voz baja. Parecían envidiar la vitalidad de aquella pareja de soñadores. Interrumpí su caldeada charla y pedí la cuenta.


-Raphael, ¿cuánto es?...- pregunté- De acuerdo. Ah, por cierto, carga en mi cuenta lo que esté tomando aquella pareja de la mesa del fondo y… quédate con el cambio.- Dije, levantándome del taburete y depositando un billete en el bolsillo de su camisa.

-Nunca cambiarás, Gabriel… siempre serás como un niño. Espero que aproveches el tiempo que te queda… - dijo el viejo encargado, nostálgico, sonriente y ocupado en una de las últimas tazas húmedas que había en el fregadero.

Miré hacia la mesa del fondo. Sonreí.

-Ya me conoces… probablemente vaya a buscarla y le diga que la amo. Además, después de toda una vida basada en la lucha a favor de mis sueños, no me siento decepcionado. No me siento en deuda conmigo mismo ya que no he tirado mi existencia a la basura. Deberías probarlo, resulta excitante…- respondí guiñándole un ojo y dirigiéndome a la salida. – Hasta siempre, Miguel. –

Pero no respondió.


(Fragmento por John Oliver. Esta vez he permitido que se exceda el límite de palabras permitidas, ya que el autor ha hecho un esfuerzo por "unificar" un poco el jaleo predominante en el relato. Pediría que se intentase mantener ligeramente el hilo conductor, o será muy complicado poder continuar.)

¿Siguiente...?

martes, 16 de junio de 2009

Relato común VIII

(Séptima parte aquí)

Daniel, bautizado Gabriel a los pocos días de nacer, había nacido en Belén. Cuando él era aún un niño de siete años huyeron de allí. A pesar de que era judío, sus padres no tenían ganas de ver cómo la gente se suicidaba con bombas pegadas a su cuerpo con el único objetivo de matar judíos. Habían huido a Moscú, donde pensaban que estarían seguros. Él apenas recordaba la tierra que le vio nacer, y no reaccionaba cuando alguien le llamaba por su nombre. Llevaba tantos años viviendo una mentira, que ya la identificaba como realidad.

Amina era una joven parisina. Nieta de inmigrantes marroquíes, su vida había sido relativamente sencilla. Mientras sus abuelos se mataron a trabajar en lo que pudieron, y sus padres tuvieron la suerte de contar con medios para poner un pequeño negocio de importación, ella estaba estudiando en la universidad. Se había decidido por traducción e interpretación, para echar una mano a aquellos que, como sus abuelos, necesitaban hacerse entender en una tierra extraña. Estaba en Moscú por algo mucho más mundano: un curso de idiomas.

Aquella mañana se habían encontrado en la puerta de aquella pequeña cafetería, y algo en el plan había fallado. No tenían que encontrarse aún. No hasta dentro de cuatro años, cuando Daniel acudiera a París y contratara los servicios de Amina como traductora.

Miguel observaba todo cuidadosamente, sin imaginarse en qué iba a derivar todo aquello. No le gustaba que se hubieran encontrado, esos accidentes debían estar previstos. ¿Quizás tenía un topo dentro? ¿Quién podía ser? ¿Gabriel había vuelto a cambiar el curso de la historia sin saberlo? Que Daniel y Amina se encontraran en Moscú era un riesgo calculado. Incluso previsto. Lo que no era un riesgo previsto era aquel brillo en los ojos de los jóvenes. No se reconocían. No podían saber que casi veinte años antes habían sido enviados en el mismo momento a la historia. Pero algo magnético fluía entre ellos.

Daniel invitó a Amina a sentarse con él. Pidieron un te verde con menta y charlaron distendidamente durante varias horas. El camarero, un hombre con un fuerte acento alemán, les rellenó la tetera un par de veces mientras Miguel se desesperaba contemplando la escena. No podía haber errado tanto. En cambio lo había hecho: en los ojos de Daniel y Amina brillaba algo muy distinto de la desconfianza.


(Fragmento por Min)

¿Siguiente...?

sábado, 13 de junio de 2009

Relato común VII

(Sexta parte aquí)

La muchedumbre que se agolpaba frente al estanque calló de repente, atrayendo irremisiblemente la atención de Gabriel. El siempre-niño se había acercado al agua de la mano de BJ (así la había llamado Miguel). La joven contemplaba sombría el agua, oscurecida por las algas. Entonces el siempre-niño habló con una voz profunda, extrañamente diferente a la que había usado anteriormente.

-Ha llegado el día, por fin, en el que podremos volver a intervenir en el Curso. Que comience… la Tercera.

Tres otra vez. Aquel lugar le resultaba excesivamente enervante, por lo que se dio la vuelta y se marchó. O eso habría hecho si no hubiera visto cómo el siempre-niño arrojaba a BJ al agua, y ésta se sumergía dócilmente en la maraña verdosa. Un poderoso estruendo proveniente de los altavoces lo sacó de su ensimismamiento, activando algún extraño mecanismo en su interior. Instintivamente corrió hasta la laguna y se zambulló sin pensarlo dos veces.

“Qué extraño” fue lo primero que pensó una vez se sumergió por completo. No era agua lo que le rodeaba, ni algas. De hecho, no sabía en qué estaba nadando, pero bajo sus pies había una luz brillante. La típica (y absurda) frase apareció en su cabeza. “Ve hacia la luz.” Le gustaría haber reído, pero se dio cuenta, sorprendido, de que había olvidado cómo reír. Cuanto más se acercaba a la luz, más notaba que le faltaba el aire. No podía respirar. Le dolía la cabeza, le dolían los brazos, las piernas, el torso. Se arrepintió de haberse lanzado a ayudar a la tal BJ (a quien no conocía de nada).

La luz lo cegó en ese instante, y percibió un enfermizo olor a aire esterilizado, mezclado con el amargo aroma de la sangre fresca. Segundos después notó un golpe seco en las nalgas y comenzó a berrear. Aquellos gritos le resultaban increíblemente agradables, liberadores. Sin que el recién nacido (por vigésimo séptima vez) se percatase, Rafael sonrió desde el otro lado de un cristal. Minutos antes, en un antiguo hospital afgano, renacía también la pequeña BJ. Era 21 de enero de 2001, y G. W. Bush acababa de ser elegido presidente de Estados Unidos. Nadie preveía las magnitudes del conflicto que se gestaría a partir de aquella fecha. La preparación de la Tercera había comenzado.



En una pequeña cafetería moscovita de 2019, Daniel y Aminah, como se llamaban ahora, se saludaron como si fuera la primera vez que se veían.

(Fragmento por David Frost)

(Como me cierren el blog por planear lo que creo que es la tercera guerra mundial voy a tener que mataros a todos)

¿Siguiente...?

viernes, 12 de junio de 2009

Relato común VI

(Quinta parte aquí)

Seguía mirando ensimismado a la multitud mientras intentaba recordar dónde había oído esa canción que ahora no podía quitarse de la cabeza cuando una voz le sobresaltó:

- Veo que por fin has despertado.

Era un hombre mayor, eso estaba claro, pero Gabriel no era capaz de precisar su edad. Su voz era grave, y tenía ya ciertas arrugas alrededor de los ojos. Sin embargo, su mirada era lo más desconcertante, parecía condensar la sabiduría de toda una eternidad, y aun así tenía ese brillo característico de la mirada de los jóvenes, llena de ideales y fuerza.

- Eso parece. ¿Se puede saber qué es este lugar?

- Jajaja. Por lo visto todavía no has recuperado toda la memoria. El shock ha debido ser grande. Poco a poco irás recordando más cosas.

- El número tres, toda esta gente… ¿Qué tengo yo que ver con todo esto?

- Igual de impaciente que siempre…

Ambos se quedaron callados mirándose el uno al otro. Gabriel creyó apreciar por un momento un rastro de ¿cariño? en la mirada del hombre. No estaba seguro, no duró más de un momento.

Tras esta breve conversación, el hombre se sintió satisfecho por lo que se dio media vuelta e hizo intención de introducirse en la casa.

- Un momento. Dime al menos quién eres tú.

- ¿Tampoco recuerdas eso? ¿No me recuerdas? Hijo, yo te cree. Todo lo que eres, lo eres gracias a mí. Ya era hora de que el hijo pródigo volviera al hogar ¿no? Ahora deberías descansar. Nos esperan unos días duros por delante y tú, al igual que BJ – dijo señalando a la mujer que el niño acababa de presentar a la pequeña multitud - eres fundamental. Y… Miguel, mi nombre es Miguel. Si necesitas algo, pregunta por mí.

Riéndose, Miguel entró en la casa, que bullía de energía, como si algo muy importante estuviera a punto de ocurrir.

(Fragmento por Esther)

¿Siguiente...?

jueves, 11 de junio de 2009

Relato común V

(Cuarta parte aquí)

Pero las voces tras la puerta estaban equivocadas. Aunque el dolor de cabeza se alejaba como una motocicleta en un largo túnel lo cierto es que su saliva tenía un desagradable sabor eléctrico, los dedos se le agitaban con diminutos espasmos y sentía en las rodillas ese frescor monstruoso que conocía bien.


Cruzó las manos tras la cabeza y observó el techo. Aunque el fresco entraba por un enorme ventanal entreabierto, su cuerpo desnudo sobre el camastro solo estaba cubierto por una diminuta etiqueta en el pulgar del pie derecho, como las de las morgues. La examinó; numero tres. Revolvió la ropa de cama, los cajones de la cómoda, el inmenso jarrón de tulipas junto al ventanal... nada.


Las puertas se abrían con facilidad. Una, dos, tres... no sabía a dónde iba pero enseguida estaba en el jardín ¿o debería decir el parque? dos docenas de hombres y mujeres dispersos conversaban en pequeños grupos, sin prisa, parapetados bajo la sombra de arces nudosos. No parecieron advertir su presencia. Por alguna extraña razón una canción le vino a la cabeza “si me anudas margaritas...” la había cantado en algo muy parecido a la infancia. ¿La suya? No lo sabía con certeza. Tal vez fuera en la infancia de otro.Tal vez en la infancia del mundo todos fueran niños. Aquel pensamiento le reconfortó.


Lentamente, aquí y allá unos diminutos altavoces se alzaron del césped. Sonó música de cámara. Sin sobresalto, aquellos hombres y mujeres interrumpieron sus conversaciones y tomaron una pendiente que llevaba a la parte del parque hasta ahora oculta. Manteniendo la distancia los siguió.


Allí abajo la pequeña multitud rodeó un estanque atiborrado de algas, sombrío tras la ladera. De una diminuta abertura en la piedra salieron una mujer y un niñó, que de la mano avanzaron por el caminito de piedras hasta un islote diminuto en el centro del estanque. “El siempre-niño” pensó. ¿tendría algo que ver con la canción? Entre el gentío no había ni un ápice de solemnidad, pero todos estaban atentos, entre impacientes y divertidos.


-Esta es vuestra hermana, -dijo el siempre-niño- Pero a diferencia de vuestras otras hermanas, ésta verá el mundo.- La pequeña multitud, risueña, empezó a silvar. A Gabriel las palabras se le iban de los dientes; “si me anudas margaritas... harás mi casa bella aunque nadie viva en ella”

(Fragmento por Herr Director)

¿Siguiente...?

(Por cierto, estáis todos como cabras).

Relato común IV

(Tercera parte aquí)

- ¿Ahora lo recuerdas? -dijo el que compartía su rostro, al ver cómo Gabriel perdía el color. Y sonrió.
- P-pero...
- Tengo entendido que todas las veces han sido iguales -alargó una mano y le tocó la rodilla, suavemente, intentando reconfortarle-. Tantos molestias para escapar otra vez, y al final un horrible dolor y vuelves de nuevo a recordar. Como siempre.
La mente de Gabriel sintió cómo unas barreras autoimpuestas se abrían, revelando lo que allí moraba. Vio cómo golpeaba el pedernal hasta formar un filo mientras acribillaba japoneses a los mandos de su Wildcat. Hundió su gladio en las entrañas de un guerrero celta. Aguantó la carga de la caballería francesa. Explicó pacientemente filosofía al joven ateniense a la vez que redactaba la carta al Emperador Carlos...
- ¿C-cómo siempre? -farfulló Gabriel, llevándose las manos a la cabeza por el dolor que le provocaba la marea de recuerdos.
- No es la primera vez, número 3.
Una huida a través de las pantanosas aguas del Nilo. Una difícil escapada correrriendo por las Highlands. Una fuga en bote en las costas de la India.
- Pobre Gabriel... -continuó. Por su cara apareció brevemente una genuina expresión de lástima. Se inclinó hacia adelante para posar ambas manos en las piernas de su perseguido-. De verdad que siento todo esto, pero lo cierto es que no hay otro modo.
- Número 3... -susurró Gabriel- Soy... ¡el Tercero! -gritó entonces, cuando un espasmo recorrió su cuerpo, cuando más y más recuerdos fueron aflorando.
- Sí, fuiste el Tercero de todos nosotros -asintió su sosias-. El Tercero a quien nuestro dueño construyó.
Una luz en la oscuridad. Una canción en medio del silencio. Nacer sin antes haber existido. Ser herido incontables veces pero no morir nunca.
- ¡Tu nombre! -aulló Gabriel, aunque casi podía recordarlo ya.
La presión dentro de su cabeza era excesiva. El dolor, insoportable. Y justo antes de perder el conocimiento escuchó la respuesta.
- Soy Rafael.

Despertó.
Los ecos del dolor todavía se paseaban por su mente. Se dio cuenta de que estaba echado sobre una superficie mullida. Abrió los ojos con precaución y miró a su alrededor. Se encontraba en una habitación pequeña aunque bien amueblada. Nada lujoso, pero claramente "acomodado".
Aguzó el oído y escuchó los retazos de una conversación tras la puerta de madera. las voces sonaban preocupadas.
- ¿Se encuentra bien?
- Sí, Miguel.

(Fragmento por Radagast)

¿Siguiente...?

domingo, 7 de junio de 2009

Relato común III

(Segunda parte aquí)

Mientras Gabriel giraba empezó a recordar. Aquella sencilla frase había llegado, sin saber cómo, hasta la profundidad de su subconsciente y algo parecía despertar en su interior.

Cuando Gabriel giró se encontró con una mirada profunda que le recordaba a…la suya en el reflejo de un espejo. Sólo que esta mirada estaba enmarcada en unos ojos ajados por los años, rodeados de arrugas y en un rostro decrépito, más cerca de la muerte que de la vida.

Sus miradas se cruzaron y Gabriel sintió un fuerte dolor de cabeza. Un fuerte pitido en sus oidos y una impenetrable oscuridad fueron las últimas sensaciones que percibió antes de caer desmayado


[...]


Las ensangretadas calles de París eran un caos constante. Tumultos, barricadas, pólvora y cuchilladas por doquier. El año de 1848 se grabó a sangre y fuego en los corazones de la sociedad francesa.

Jóvenes disparando desde detrás de una mal parapetada barricada contra guardias en carga.


En mitad de una de estas barricadas estaba un chico, que apenas si frisaba la veintena de años. Se encontraba apoyando el cañón de su rifle en un muro de casi un metro de altura mientras su pelo largo castaño ondeaba al viento.

- Camaradas, hoy el Destino nos llama para hacer frente a la tiranía. No vacileis en matar a nuestro enemigo. No dudeis en matar a vuestro hermano si hace falta pues vuestro hermano os mataría a vosotros. Y la Justicia está de nuestra parte.

Enfrente suyo se hallaba un pequeño regimiento del ejército francés: cien hombres de infantería y un destacamento de veinte soldados montados a caballo. Dentro de la barricada había casi una treintena de muchachos, dispuestos a morir obedeciendo a un joven que se hacía llamar Gabriel.

La caballería inició la carga, y una atronadora descarga de disparos intentó abatirla.

Una inmensa humareda de polvo y pólvora inundó el aire y nadie se fijó en una figura de negro, con gabardina y sombrero que, avanzando entre los disparos, llegó hasta Gabriel.

- Tú no has venido al mundo para esto, muchacho.

Cuando sus miradas se encontraron Gabriel sintió un fuerte dolor de cabeza, y sus ojos ya no vieron más.

(Fragmento por Orofëa)

¿Siguiente...?

viernes, 5 de junio de 2009

Relato común II

(Primera parte aquí)

Una, dos, tres…
Gabriel contaba las veces que había escapado de su sosias:
La primera en aquella tienda de la playa, adonde había ido con Gabriela, su último ligue, después de un fin de semana de amor, a comprar ropas vaporosas para el verano.
Había sido impresionante: Un largo grito, ¡Ehhh! Le había helado la sangre en las venas.
Con la mano acariciando aún la seda de una falda floreada, fresca como los pechos de ella, se había girado lentamente, como quién no puede evitar la muerte que iniciara, después de toda la vida buscándonos, su última carrera para atropellarnos. Y lo había visto enfrente: al joven, idéntico a sí. Y el leve jadeo que había percibido en su pecho se sincronizaba perfectamente, cómo si no hubiera espacio entre ellos, con los últimos temblores de sus fibras nerviosas; de su garganta, que habían entrado en resonancia con el desgarro de aquel grito.
Luego fue la huída apresurada, con la mano de Gabriela entre las suyas, aferrándose a ella como si fuera lo único que lo retuviera en el mundo de los seres humanos.

El pánico no se controla. No así, en caliente.

.- No quiero tener nada que ver contigo -le había dicho ella- cuando le había intentado explicar porqué eran ellos dos los únicos que corrían, por las calles de Cullera, aquel tranquilo domingo de mayo.

Gabriela… el azar era caprichoso, y lo mismo que le había enviado a una mujer con su mismo nombre que le había hecho sentirse vivo, le enviaba ahora un hombre con su mismo rostro para hacerlo sentir muerto.
Pero él no se había tomado nada, ningún tripi, como había dicho ella, y sin embargo había pasado todo el verano escondiéndose del hombre igual a él, de la limusina, y de una combinación de fucsias y amarillos que había comenzado a causarle, en cuanto la veía, un serio mareo y un fuerte dolor de oídos.
Ahora estaba en el coche de su perseguidor, con los nervios bajo control, y su doble le ofrecía, sin una palabra, el mando a distancia del mueble bar que había entre ellos.
.- Prefiero que me cuentes de qué se trata -dijo.
.- ¿No entiendes lo que pasa? ¿Acaso no recuerdas nada de nada?
Gabriel pensó qué contestar: había, sí, una laguna en su vida, en su pasado, pero pensaba que eso mismo le pasaba a todo el mundo.


Una voz chirriante dijo tras de él: “el tiempo y el espacio no son relativos. Son absolutos. Lo que es relativo es la mente que los concibió”
En el denso aire fétido que había quedado impregnando la limusina, Gabriel se giró lentamente para ver quien había pronunciado aquella frase sacrílega y estrambótica.

(Fragmento por Huelladeperro)

¿Siguiente...?

miércoles, 3 de junio de 2009

Relato común I

(Introducción aquí.)

Cuando la puerta de la limusina se abrió, Gabriel miró sin asombro a la persona que de ella bajaba, aunque hacerlo fuera como contemplarse en un espejo. El joven tenía sus mismos ojos, del color del café recién hecho, la misma expresión sosegada, el mismo cabello castaño y ondulado, incluso la misma gabardina - claro que la del otro no estaba mojada-.

Gabriel lo observó, maldiciendo entre dientes por haber sido encontrado de nuevo. Pensó en salir corriendo, pero sabía que hubiera sido un error, era muy consciente de que el que lo contemplaba a medio metro de distancia, era mucho más rápido que él.

- No me vas a hacer correr esta vez, ¿verdad? - dijo el otro enarcando una ceja. La misma que enarcó Gabriel al oírlo.

Éste fijó la mirada en el rostro del joven y habló pausadamente, como si aquel encuentro no trastocara completamente su vida. La lluvia seguía empapando su gabardina y su pelo, y de su barbilla empezaban a caer pequeñas gotas.

- ¿Vas a dejarme entrar en tu súper coche con veinte ruedas o nos mojamos los dos en plan romántico? - dijo Gabriel apartándolo ligeramente y entrando en la limusina.

El otro joven, miró a un lado y a otro, lentamente. Quería asegurarse de que nadie estuviera pendiente de ellos, y a pesar de lo llamativo del automóvil, comprobó que la gente se movía rápido de un sitio a otro bajo sus paraguas. Nadie parecía haber reparado en el extraño encuentro. Subió tras Gabriel a la limusina, que se incorporó al caos reinante en la carretera.


(Fragmento por Barbijaputa)

¿Siguiente...?

Introducción del relato común

Cuando Gabriel salió a la calle, apuró su cigarro y lo dejó caer en un charco. Llevaba todo el maldito día lloviendo. Y el anterior. Y el anterior. A decir verdad, no recordaba qué día había empezado a llover. "Qué asco de tiempo". En cuestión de diez segundos, su gabardina estaba completamente empapada, y empezó a plantearse seriamente ir a algún lado. ¿Pero a dónde?. Miro a ambos lado del insulso callejón donde se encontraba. Nada. Un par de cubos de basura a un lado, y el casi imperceptible vapor de las alcantarillas. Muy típico. Se encogió de hombros ligeramente, y se dirigió hacia la salida. Una de esas calles tan concurridas a esas horas, con un montón de gente con traje y maletín que se movían de un lado para otro vete tú a saber para qué.

Sin embargo, nada más llegar a la altura de la carretera, Gabriel tuvo que cambiar de planes (o hacer unos) en cuestión de segundos. Un coche que no había visto frenó justo delante de él, salpicando lo suficiente como para que instantaneamente pensase en los familiares del conductor. Pero cuando reconoció la limusina negra que acababa de parar, pronto su cabeza dejó de barajar insultos para preocuparse de asuntos menos mundanos.

"Mierda".

martes, 2 de junio de 2009

Normas para el relato común

Bien, visto que ya somos unos cuantos, voy a poner las normas de una manera un poco más decente:

- Podrá participar en el relato cualquier persona con una cuenta en gmail, no es necesario que tenga blog. Podrán incorporarse participantes aunque el relato ya esté empezado.

- El orden de participación no está establecido. En el momento en que yo reciba el texto del participante al que le toque escribir, lo subiré al blog. En ese mismo momento, el primero de los participantes que deje un comentario reclamando continuar la historia será el siguiente en escribir. El participante que haya escrito no podrá volver a reclamar un texto hasta que el resto de los participantes (o la mayoría) hayan escrito también.

- La extensión de vuestro fragmento no puede exceder las 400 palabras. Así nos aseguramos de que el asunto vaya bastante fluído.

- Hay un margen de 4-5 días para enviar el texto. Realmente 400 palabras se escriben en cinco minutos, hay tiempo de sobra.

- De vez en cuando, podré participar yo. De vez en cuando es "cuando me de la gana" (no os preocupéis, que no será mucho).

- No hace falta que intentéis seguir el hilo argumental en el mismo estilo. Podéis intentar cambiar la historia a vuestro modo (el texto debe enlazar con el anterior, claro), si es que podéis hacerlo en 400 palabras (chan chan chaaaaaaaaaan)

- En un momento determinado (cuando alguno de los bloggeros ya haya reclamado el turno), avisaré de que la historia se acaba en ese turno. Es decir, que ahí se las componga el bloggero en cuestión para ponerle un final. Esto puede ocurrir a la segunda vuelta o a los tres meses.

-Para enviarme los textos, hacedlo a: elpoetaensuoscuramazmorra@gmail.com (sí, lo sé. Idea de Barbija, qué le vamos a hacer). Ponedme también vuestro nombre, que no tengo los mails de todos los participantes.

- Advertencia: ortografía no significa "escribir como el culo" o "escribir con el culo", a pesar de lo que pueda parecer. Todos cometemos errores, nos comemos tildes (yo el primero) o se nos pasa alguna tontería, pero no se aceptarán textos en mayúscula, sin puntuar, o con abreviaturas. Lo siento, pero les tengo aprecio a mis ojos (es lo que tiene que me guste ver), y no me apetece que se me caigan.

Y creo que no me dejo nada más. Por ser el primer turno, y dado que la primera en apuntarse fue Barbija, empezará ella. Estad atentos el resto, en cuanto ella envíe el texto podréis reclarmar vuestro turno.

Os dejo otra vez el principio del relato, que parece que no todo el mundo lo vió en el anterior post.


Cuando Gabriel salió a la calle, apuró su cigarro y lo dejó caer en un charco. Llevaba todo el maldito día lloviendo. Y el anterior. Y el anterior. A decir verdad, no recordaba qué día había empezado a llover. "Qué asco de tiempo". En cuestión de diez segundos, su gabardina estaba completamente empapada, y empezó a plantearse seriamente ir a algún lado. ¿Pero a dónde?. Miro a ambos lado del insulso callejón donde se encontraba. Nada. Un par de cubos de basura a un lado, y el casi imperceptible vapor de las alcantarillas. Muy típico. Se encogió de hombros ligeramente, y se dirigió hacia la salida. Una de esas calles tan concurridas a esas horas, con un montón de gente con traje y maletín que se movían de un lado para otro vete tú a saber para qué.

Sin embargo, nada más llegar a la altura de la carretera, Gabriel tuvo que cambiar de planes (o hacer unos) en cuestión de segundos. Un coche que no había visto frenó justo delante de él, salpicando lo suficiente como para que instantaneamente pensase en los familiares del conductor. Pero cuando reconoció la limusina negra que acababa de parar, pronto su cabeza dejó de barajar insultos para preocuparse de asuntos menos mundanos.

"Mierda".

domingo, 31 de mayo de 2009

¡ATENCIÓN BLOGGER@S!

Bueno, como algunos sabréis (y otros no), empieza mi temporada de examenes en ya. Es decir, que esto va a quedarse muy parado. Y después de la época de "actualizo día sí y día también con cualquier tontería que se me ocurriese", pues me da un poco de pena.

Así que me he puesto a pensar en cómo mantener el blog con un mínimo de movimiento y se me ha ocurrido una genial idea: vais a trabajar vosotros por mí (a ver que os habéis creído. Esto...es...Españaaaaaaaaa!(Gracias Leónidas)).

Os propongo algo: escribir un relato entre todos. Cuando acabe de explicar el asunto pondré una introducción, y el primer bloggero que deje un comentario pidiendo escribir la continuación, escribirá el siguiente fragmento. Por poner un límite...unas 300 palabras máximo (así hace juego con el grito anterior). El susodicho bloggero tendrá unos 3-5 días (también como máximo claro, si quiere mandarlo a la hora, genial) para mandarme la siguiente parte, la subiré, y la historia será continuada por quién quiera. No hay ningún hilo prefijado, así que podéis intentar llevar la historia por dónde querais...si os da tiempo en el límite de palabras. No podrá terminarse la historia hasta que se diga lo contrario.

Para evitar problemas, se me ocurre que podría hacer una lista con los participantes (puede incorporarse quien quiera cuando quiera, claro), de modo que no pueda escribir dos veces la misma persona hasta que haya dado una vuelta completa a la lista (o casi completa en el caso de alguna ausencia). Además, así os paso mi correo a los que no os tenga para que me mandéis el texto.

Así que de momento, y si os gusta la idea, por favor dejadme un comentario diciendo que vais a participar. Se aceptan sugerencias de todo tipo, y si conoceis a alguien que se quiera apuntar, bienvenido sea.

Por cierto, el que suscribe se permite la licencia de continuar la historia en algún momento, y no se admitiran quejas bajo pena de muerte. He dicho.

Os dejo el principio de la historia, a ver si os motiva (no le pondré título de momento, también se agradecen ideas).


Cuando Gabriel salió a la calle, apuró su cigarro y lo dejó caer en un charco. Llevaba todo el maldito día lloviendo. Y el anterior. Y el anterior. A decir verdad, no recordaba qué día había empezado a llover. "Qué asco de tiempo". En cuestión de diez segundos, su gabardina estaba completamente empapada, y empezó a plantearse seriamente ir a algún lado. ¿Pero a dónde?. Miro a ambos lado del insulso callejón donde se encontraba. Nada. Un par de cubos de basura a un lado, y el casi imperceptible vapor de las alcantarillas. Muy típico. Se encogió de hombros ligeramente, y se dirigió hacia la salida. Una de esas calles tan concurridas a esas horas, con un montón de gente con traje y maletín que se movían de un lado para otro vete tú a saber para qué.

Sin embargo, nada más llegar a la altura de la carretera, Gabriel tuvo que cambiar de planes (o hacer unos) en cuestión de segundos. Un coche que no había visto frenó justo delante de él, salpicando lo suficiente como para que instantaneamente pensase en los familiares del conductor. Pero cuando reconoció la limusina negra que acababa de parar, pronto su cabeza dejó de barajar insultos para preocuparse de asuntos menos mundanos.

"Mierda".




Advertencia: ortografía no significa "escribir como el culo" o "escribir con el culo", a pesar de lo que pueda parecer. Todos cometemos errores, nos comemos tildes (yo el primero) o se nos pasa alguna tontería, pero no se aceptarán textos en mayúscula, sin puntuar, o con abreviaturas. Lo siento, pero les tengo aprecio a mis ojos (es lo que tiene que me guste ver), y no me apetece que se me caigan.