martes, 28 de octubre de 2008
El beneficio de la duda
Lo más irónico del beneficio de la duda es que sólo lo concedemos cuando estamos seguros.
sábado, 25 de octubre de 2008
Lo sabía
- Lo sabía, tenía yo razón: estaba equivocado.
- Pero, si sabías que te equivocabas, entonces, ¿por qué...?
- Porque si me equivocaba, tendría razón.
(Conversación conmigo mismo en la comida. Mis yoes interiores son unos genios todos ellos.)
- Pero, si sabías que te equivocabas, entonces, ¿por qué...?
- Porque si me equivocaba, tendría razón.
(Conversación conmigo mismo en la comida. Mis yoes interiores son unos genios todos ellos.)
miércoles, 22 de octubre de 2008
Sírvase usted mismo
La suciedad y los carteles medio rotos de las paredes llamaban poderosamente la atención de Carlos. Mientras pasaban a su lado, se entretenía leyendo las letras desgastadas que anunciaban festivales de rock o curaciones milagrosas de cáncer a manos de un chamán africano. La verdad es que su aspecto dejaba bastante que desear: la alimentación basada en hamburguesas y patatas fritas no es precisamente una dieta mediterránea, y los kilos se acumulan sin piedad. Principio de calvicie, pelo grasiento. Camisa de cuadros a medio meter en los pantalones, y unas zapatillas de deporte pasadas de moda. Las gafas negras, pequeñas y redondas, le daban un aspecto de estúpida inocencia infantil, sobre todo con esa medio sonrisa que le asomaba. Estaba contento. Hoy había recibido por fin el paquete que llevaba esperando más de medio mes, y esta noche podría disfrutar de una fantástica colección de fotos de niños desnudos.
Tras él, Lorena y Carmen hablaban animadamente. Lorena acababa de comprarse un precioso par de zapatos rojos. 220€. Carmen se moría de envidia. Ella llevaba queriendo comprarse unos iguales casi un mes, pero aun no había ahorrado lo suficiente. Se había permitido también algún caprichito (no eres nadie sin un buen bolso, y unos pendientes a juego), pero no había podido reunir tanto dinero. Y además, su amiga había ligado con el dependiente de la tienda. Pero bueno. Todo era cuestión de subir un poco las tarifas y darles a sus “amigos” algunas libertades más de las que acostumbraba. Al fin y al cabo, la gente pagaba mucho más de veinte euros por una jovencita de diecinueve años dispuesta a todo por unos zapatos.
Después María. Con la mirada gacha, miraba de reojo a Lorena y Carmen. Ojalá fuese como ellas. Tan atrevidas. Tan despampanantes. Ella no se parecía en absoluto, no poseía su belleza. Era tímida, delgada, casi etérea. De un rubio claro algo indefinido. Siempre acompañada por sus libros, los necesitaba como refugio. Aunque odiase leer. Era triste, pero cierto. Tres años con él en clase, y aun no le había dirigido la palabra. Seguro que no sabía ni que existía. Si fuese como ellas, todo sería diferente.
Juan simplemente sudaba, y mantenía la mirada en el infinito más lejano posible. No me pegues más mamá. Por favor. Ya no más.
Lucía estaba muy cansada, demasiado como para darse cuenta de la gente que le rodeaba. Estaba despeinada, y su rostro moreno dejaba entrever una infinita tristeza, sazonada con un poco de colorete en las mejillas. Odiaba cuando el jefe tenía un mal día. Siempre intentaba esconderse, limpiaba dos veces el mismo suelo si hacía falta para no encontrarse con él. A veces funcionaba, y volvía a casa con una sensación de alivio que le duraba un par de horas. Esta vez no había habido suerte. Tenía que dejarse violar si quería seguir cobrando, no podía arriesgarse a que la deportasen. Pero mirándolo por el lado positivo, al menos esta vez no había habido golpes.
Un vagabundo. Sin nombre, como todos los vagabundos. Se miraba las uñas sucias ensimismado.
Después un espejo. Yo. Eso si que da miedo.
Me encantan las escaleras mecánicas de doble sentido. Son como un autoservicio de humanos, pero mucho más interesantes.
Tras él, Lorena y Carmen hablaban animadamente. Lorena acababa de comprarse un precioso par de zapatos rojos. 220€. Carmen se moría de envidia. Ella llevaba queriendo comprarse unos iguales casi un mes, pero aun no había ahorrado lo suficiente. Se había permitido también algún caprichito (no eres nadie sin un buen bolso, y unos pendientes a juego), pero no había podido reunir tanto dinero. Y además, su amiga había ligado con el dependiente de la tienda. Pero bueno. Todo era cuestión de subir un poco las tarifas y darles a sus “amigos” algunas libertades más de las que acostumbraba. Al fin y al cabo, la gente pagaba mucho más de veinte euros por una jovencita de diecinueve años dispuesta a todo por unos zapatos.
Después María. Con la mirada gacha, miraba de reojo a Lorena y Carmen. Ojalá fuese como ellas. Tan atrevidas. Tan despampanantes. Ella no se parecía en absoluto, no poseía su belleza. Era tímida, delgada, casi etérea. De un rubio claro algo indefinido. Siempre acompañada por sus libros, los necesitaba como refugio. Aunque odiase leer. Era triste, pero cierto. Tres años con él en clase, y aun no le había dirigido la palabra. Seguro que no sabía ni que existía. Si fuese como ellas, todo sería diferente.
Juan simplemente sudaba, y mantenía la mirada en el infinito más lejano posible. No me pegues más mamá. Por favor. Ya no más.
Lucía estaba muy cansada, demasiado como para darse cuenta de la gente que le rodeaba. Estaba despeinada, y su rostro moreno dejaba entrever una infinita tristeza, sazonada con un poco de colorete en las mejillas. Odiaba cuando el jefe tenía un mal día. Siempre intentaba esconderse, limpiaba dos veces el mismo suelo si hacía falta para no encontrarse con él. A veces funcionaba, y volvía a casa con una sensación de alivio que le duraba un par de horas. Esta vez no había habido suerte. Tenía que dejarse violar si quería seguir cobrando, no podía arriesgarse a que la deportasen. Pero mirándolo por el lado positivo, al menos esta vez no había habido golpes.
Un vagabundo. Sin nombre, como todos los vagabundos. Se miraba las uñas sucias ensimismado.
Después un espejo. Yo. Eso si que da miedo.
Me encantan las escaleras mecánicas de doble sentido. Son como un autoservicio de humanos, pero mucho más interesantes.
jueves, 16 de octubre de 2008
Bienvenidos a Celiaquilandia
Bueno, por fin parece que mi nueva madriguera va contando con lo necesario (colchón y esos trastos inútiles), asi que tal vez tenga algo más de tiempo para esto.
De todos modos, hoy tengo un motivo especial para escribir. Algo que es digno de contar:
Encontrábame yo haciéndome la comida tan tranquilamente, y escuchando de fondo la televisión, que llevaba encendida un buen rato sin que nadie le prestase la más mínima atención. Un programa de estos de parejas, o de entrevistas en plan "Diario de Patricia", o algún Factor G (si, de gilipollas). Ya sabeis a que me refiero. Ojo a lo que escucho:
...¿Y cuál ha sido el momento más vergonzoso de tu vida?
- Bueno, una vez, una amiga mía que tenía crios me dijo que su hija era celíaca.
- ¿Y..?
- Y yo dije: Ah, ¿es adoptada?
...
Y luego la gente no entiende mis ideas de exterminio mundial...
Asi que niños, ya sabeis. Bienvenido a Celiaquilandia. Donde el gluten es la ley y hay Chocapics para todos.
De todos modos, hoy tengo un motivo especial para escribir. Algo que es digno de contar:
Encontrábame yo haciéndome la comida tan tranquilamente, y escuchando de fondo la televisión, que llevaba encendida un buen rato sin que nadie le prestase la más mínima atención. Un programa de estos de parejas, o de entrevistas en plan "Diario de Patricia", o algún Factor G (si, de gilipollas). Ya sabeis a que me refiero. Ojo a lo que escucho:
...¿Y cuál ha sido el momento más vergonzoso de tu vida?
- Bueno, una vez, una amiga mía que tenía crios me dijo que su hija era celíaca.
- ¿Y..?
- Y yo dije: Ah, ¿es adoptada?
...
Y luego la gente no entiende mis ideas de exterminio mundial...
Asi que niños, ya sabeis. Bienvenido a Celiaquilandia. Donde el gluten es la ley y hay Chocapics para todos.
jueves, 25 de septiembre de 2008
Un poco de arte
Tengo el blog algo abandonado con el ajetreo del traslado de ciudad, buscar piso y demás, pero he encontrado esto y no he podido resistirme.
Soy aficionado a la magia y la mímica , pero no creo que me guste el video por eso. Suelen decir, sin embargo, que para que un truco sea impresionante sólo se requiere un 30% de manipulación propiamente dicha, el resto es presentación. Tanto es así, que algunos trucos, no excesivamente complicados (como es este caso), con una buena presentación pueden llegar a convertirse en algo que roza la palabra arte.
Damas y caballeros, Jerome Murat. Ya me dirán que les parece.
Soy aficionado a la magia y la mímica , pero no creo que me guste el video por eso. Suelen decir, sin embargo, que para que un truco sea impresionante sólo se requiere un 30% de manipulación propiamente dicha, el resto es presentación. Tanto es así, que algunos trucos, no excesivamente complicados (como es este caso), con una buena presentación pueden llegar a convertirse en algo que roza la palabra arte.
Damas y caballeros, Jerome Murat. Ya me dirán que les parece.
sábado, 13 de septiembre de 2008
Los monos y los plátanos.
Acabo de encontrar otra pista sobre el tema conciencia (siempre y cuando sigamos dejando a Dios de lado, todo se andará...).
De todos modos, he de advertir que esta vez el experimento fue hecho con monos y no con personas, pero precisamente eso lo convierte en algo extremadamente útil para ayudar a encontrar una "respuesta" al tema.
El asunto es como sigue:
Se metieron seis chimpancés en una jaula con una escalera, y se colgó un racimo de plátanos en el techo. Cada vez que uno de los monos intentaba subir a coger alguno de los plátanos, se les enchufaba a los animalejos con un chorro de agua helada. El proceso se repetía unas cuantas veces, hasta que cuando uno de los chimpancés intentaba coger un plátano, los otros le sacudían para disuadirle.
Llegados a este punto, se sacaba uno de los monos y se metía a otro distinto en la jaula. Resultó que cuando el nuevo inquilino iba tan tranquilamente a coger su plátano, los otros cinco chimpancés se le tiraba encima y le arreaban de nuevo. Rápidamente, el nuevo mono aprendía que esos plátanos no eran para comer.
Poco a poco, fueron cambiándose chimpacés de dentro de la jaula por otros que no habían participado en el experimento, hasta que no quedó ninguno de los que habían sido rociados con agua fría. Sin embargo, los chimpancés mantenían la costubre de apalear a quien intentase coger los plátanos del techo. Coger los plátanos del techo estaba mal.
(Más información en http://www.psicoactiva.com/curios/platanos_y_monos.htm)
Dando por hecho que los humanos venimos del mono (si hay algún creacionista, por favor, di algo!)...¿no os suena esto a las "normas sociales" que tan estrictamente mantenemos? A ver si es que nos echaron un poco de agua fría de pequeños...
De todos modos, he de advertir que esta vez el experimento fue hecho con monos y no con personas, pero precisamente eso lo convierte en algo extremadamente útil para ayudar a encontrar una "respuesta" al tema.
El asunto es como sigue:
Se metieron seis chimpancés en una jaula con una escalera, y se colgó un racimo de plátanos en el techo. Cada vez que uno de los monos intentaba subir a coger alguno de los plátanos, se les enchufaba a los animalejos con un chorro de agua helada. El proceso se repetía unas cuantas veces, hasta que cuando uno de los chimpancés intentaba coger un plátano, los otros le sacudían para disuadirle.
Llegados a este punto, se sacaba uno de los monos y se metía a otro distinto en la jaula. Resultó que cuando el nuevo inquilino iba tan tranquilamente a coger su plátano, los otros cinco chimpancés se le tiraba encima y le arreaban de nuevo. Rápidamente, el nuevo mono aprendía que esos plátanos no eran para comer.
Poco a poco, fueron cambiándose chimpacés de dentro de la jaula por otros que no habían participado en el experimento, hasta que no quedó ninguno de los que habían sido rociados con agua fría. Sin embargo, los chimpancés mantenían la costubre de apalear a quien intentase coger los plátanos del techo. Coger los plátanos del techo estaba mal.
(Más información en http://www.psicoactiva.com/curios/platanos_y_monos.htm)
Dando por hecho que los humanos venimos del mono (si hay algún creacionista, por favor, di algo!)...¿no os suena esto a las "normas sociales" que tan estrictamente mantenemos? A ver si es que nos echaron un poco de agua fría de pequeños...
sábado, 6 de septiembre de 2008
En mi lugar
Me encontraba en mi habitación un día como hoy (hoy, para ser sincero) dándole vueltas a un asunto que me quitaba el sueño desde hacía ya un tiempo. El ventilador de la lámpara giraba de manera hipnótica en el techo con un ruido bastante desagradable, y un cigarrillo se consumía despacio en el cenicero de propaganda que había robado de un bar. Aburrido, me asomé al espejo que colgaba en la pared. Para variar, mi reflejo me miraba desde el otro lado.
- ¿Qué harías tú en mi situación? – pregunté, por hacer algo.
- ¿Quieres decir que haría yo si fuera tú?
- Si, bueno. O que haría yo si fuera yo, viene a dar lo mismo.
Mi reflejo puso cara de circunstancias y empezamos a discutir posibles soluciones al problema. Tardamos bastante tiempo, pero al fin llegamos a una solución que me convenció.
- ¿Y tú que harías? – pregunté de nuevo, más tranquilo ahora que ya sabía como acabar con aquel desagradable asunto.
- Justo lo contrario.
- Hm…no creo que eso funcionase aquí.
- No, allí no, desde luego – dijo, mientras una sonrisa iba apareciendo en su rostro – pero aquí va a ir como la seda.
Acto seguido me guiñó un ojo y se dio la vuelta. Sacó un revolver y una cajetilla con las balas correspondientes de un cajón de la mesilla de noche, cargó el arma, y salió por la puerta, dejándome delante de un espejo totalmente inútil. Me encogí de hombros, cogí el revolver que guardaba en la mesilla de noche, lo cargué, y me dirigí a la puerta. Y es que a veces las mejores ideas, al igual que las peores, son las de uno mismo.
- ¿Qué harías tú en mi situación? – pregunté, por hacer algo.
- ¿Quieres decir que haría yo si fuera tú?
- Si, bueno. O que haría yo si fuera yo, viene a dar lo mismo.
Mi reflejo puso cara de circunstancias y empezamos a discutir posibles soluciones al problema. Tardamos bastante tiempo, pero al fin llegamos a una solución que me convenció.
- ¿Y tú que harías? – pregunté de nuevo, más tranquilo ahora que ya sabía como acabar con aquel desagradable asunto.
- Justo lo contrario.
- Hm…no creo que eso funcionase aquí.
- No, allí no, desde luego – dijo, mientras una sonrisa iba apareciendo en su rostro – pero aquí va a ir como la seda.
Acto seguido me guiñó un ojo y se dio la vuelta. Sacó un revolver y una cajetilla con las balas correspondientes de un cajón de la mesilla de noche, cargó el arma, y salió por la puerta, dejándome delante de un espejo totalmente inútil. Me encogí de hombros, cogí el revolver que guardaba en la mesilla de noche, lo cargué, y me dirigí a la puerta. Y es que a veces las mejores ideas, al igual que las peores, son las de uno mismo.
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